Domaine Labastidum: una familia muy chida
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Llevo pocos meses adentrándome en el mundo del vino; realmente podría llegar a considerarme un novato en todo lo que tiene que ver con métodos de elaboración, estilos de vino, vinos naturales, orgánicos, biodinámicos, regiones, microrregiones y miles de conceptos que, aunque hoy suenan familiares, siguen siendo confusos y, hasta cierto punto, lejanos. Cada sorbo de una copa pone a mi mente a pensar, a buscar aromas, sabores, notas y demás “etiquetas” que me ayudan a entender el vino que tengo en mis manos, sin embargo, con los vinos de Domaine Labastidum, nada de esto sucedió… ¡No me malentiendan! Son vinos complejísimos, pero pienso que su complejidad va más allá de las notas que podamos percibir al olerlos o al probarlos.
Para entender más de estos vinos, echémonos juntos un clavado a la historia de la familia Iseppi, dueños del domaine desde hace muchísimas generaciones (unas siete más o menos). Estamos en 1952, cuando Angelo Iseppi, un joven viticultor de Cessalto (al norte de Italia), decide hacer una excursión junto con su esposa, María, para conocer otras tierras donde puedan seguir produciendo más vino. No sabemos con exactitud la razón por la que desearon salir del Véneto, cuando su familia llevaba siglos (literalmente desde el s. XV ) produciendo vino en aquella región. Sin embargo, al final lograron encontrar un lugar bastante escondido en el suroeste francés: Labastide Saint-Pierre. Angelo se enamoró de esas tierras que, a pesar de estar tan lejos y de ser prácticamente desconocidas, le recordaban al lugar del que venía. Tanto que decidió echar raíces allí y compró una propiedad de 10 hectáreas, que años después, su hijo Alain, convertiría en 55, terreno que actualmente conforma la bodega.
Finalmente esas tierras que miles de años antes fueron usadas por los romanos para la producción vinícola en ánforas de barro, y que después se convirtieron en el Domaine Labastidum de los Iseppi, hoy están en manos de Jérémy, nieto de Angelo, quien en 2019 tomó las riendas del domaine y junto a su esposa Marina, han seguido produciendo vino estrechamente conectado con sus tradiciones familiares y con algo mucho más grande: los ritmos naturales de la tierra.
Y es que a ver, los métodos de elaboración que tienen son una cosa maravillosa, si quieres probar un vino súper-mega-híper natural, esta bodega es la opción. Solo para que te des una idea, en su vino “Infussion” utilizan una técnica que no había escuchado antes: la técnica de la infusión (ba dum tsss). Este método de “prensado” consiste en dejar que las uvas, con su propio peso, vayan soltando su jugo. Así es, no hay prensa mecánica ¡ni pies que aplasten la uva! Solo el fruto y la gravedad hacen este trabajo, que puede ir de unos días a semanas. En el sabor, este proceso hace que tengamos vinos muy sutiles, elegantes, con poco tanino pero aun así, con muchos sabores y presencia en boca. Una locura.
Otro método que utilizan es el del trenzado (o tressage, si queremos oírnos muy franceses), una técnica que consiste en entrelazar las ramas de las vides que crecen hacia arriba, en lugar de cortarlas. Puede parecer un detalle pequeño, pero detrás de esa decisión hay toda una forma de entender el trabajo en el viñedo. En lugar de mantener la planta completamente bajo control, dejan que continúe creciendo y aprovechan su propia vegetación para crear una especie de protección natural del sol sobre los racimos, algo especialmente importante durante los meses más cálidos. Además, con ello, buscan mantener un equilibrio que favorezca la maduración de las uvas y la conservación de su acidez. Algo padrísimo es que no todas sus parcelas utilizan este método, solo aquellas que por su variedad de uva o por la edad de las mismas, lo requieren, como es el caso de “Stella” otra de las etiquetas famosas del domaine.
Por último, quiero platicarles de “Pleine Lune”, una etiqueta que nos tenía bastante nerviosos porque queríamos que llegara a México lo más parecida posible a como Ana y Noah la probaron durante su viaje a Francia, pero había un pequeño problema: el calor.
Europa estaba atravesando una ola de calor bastante intensa y, tratándose de un vino tan natural, nos preocupaba muchísimo cómo iba a sobrevivir el viaje. No queríamos que todo el cuidado que hay detrás de esta botella se perdiera en el camino y que, cuando finalmente llegara a nuestras manos, no encontráramos ese mismo vino que los había enamorado. Así que cruzamos los dedos, esperamos y, en cuanto llegó, hicimos lo que teníamos que hacer: abrir una botella y comprobarlo por nosotros mismos. Y la respuesta fue que efectivamente llegó tal cual como lo recordaban y ufff fue maravilloso.
Esta botella tiene un proceso bellísimo que consiste en hacer el “batido de lías” o bâtonnage, únicamente durante las noches de luna llena, ya que para los productores de vinos biodinámicos, los ciclos de la tierra, así como los de la luna, afectan el sabor del vino que hacen. ¿Qué nos ofrece? Un vino muy ligero, con un porcentaje de alcohol bastante bajo, una mineralidad preciosa y una experiencia que, para mí, raya en lo mágico. Si lo comparara con un álbum musical, diría que es Bella Donna de Stevie Nicks.
Y ahora, ya sé que inicié este artículo diciendo que los métodos de elaboración me confunden y que me hacen sobrepensar los vinos que pruebo, pero es que, a pesar de que Domaine Labastidum tiene estos procesos tan particulares, hay algo en ellos que solamente se disfruta. Son de esos vinos que no buscan demostrar nada, solo son y te sorprenden por eso. En cada sorbo del vino puedo entender más y más la manera en la que Jérémy y Marina viven el vino. Basta con meterte a su Instagram para ver cómo comparten sus botellas con amigos y familia, rodeados de naturaleza, y predicando con el ejemplo que el vino no solamente es una bebida, sino que es una forma de mantenernos cerca de nuestras raíces, de compartir con quienes queremos y de entender que, al final, hay algo que nos conecta a todos: la tierra de la que venimos y las personas con las que decidimos compartirla.
Así que te invito a probar algún vino de esta bodega y por favor no dudes en contarme tu experiencia. Me va a encantar poder saber qué te pareció Domaine Labastidum y qué pensaste de sus vinos.
¡Nos vemos en la próxima!
- José
Para entender más de estos vinos, echémonos juntos un clavado a la historia de la familia Iseppi, dueños del domaine desde hace muchísimas generaciones (unas siete más o menos). Estamos en 1952, cuando Angelo Iseppi, un joven viticultor de Cessalto (al norte de Italia), decide hacer una excursión junto con su esposa, María, para conocer otras tierras donde puedan seguir produciendo más vino. No sabemos con exactitud la razón por la que desearon salir del Véneto, cuando su familia llevaba siglos (literalmente desde el s. XV ) produciendo vino en aquella región. Sin embargo, al final lograron encontrar un lugar bastante escondido en el suroeste francés: Labastide Saint-Pierre. Angelo se enamoró de esas tierras que, a pesar de estar tan lejos y de ser prácticamente desconocidas, le recordaban al lugar del que venía. Tanto que decidió echar raíces allí y compró una propiedad de 10 hectáreas, que años después, su hijo Alain, convertiría en 55, terreno que actualmente conforma la bodega.
Finalmente esas tierras que miles de años antes fueron usadas por los romanos para la producción vinícola en ánforas de barro, y que después se convirtieron en el Domaine Labastidum de los Iseppi, hoy están en manos de Jérémy, nieto de Angelo, quien en 2019 tomó las riendas del domaine y junto a su esposa Marina, han seguido produciendo vino estrechamente conectado con sus tradiciones familiares y con algo mucho más grande: los ritmos naturales de la tierra.
Y es que a ver, los métodos de elaboración que tienen son una cosa maravillosa, si quieres probar un vino súper-mega-híper natural, esta bodega es la opción. Solo para que te des una idea, en su vino “Infussion” utilizan una técnica que no había escuchado antes: la técnica de la infusión (ba dum tsss). Este método de “prensado” consiste en dejar que las uvas, con su propio peso, vayan soltando su jugo. Así es, no hay prensa mecánica ¡ni pies que aplasten la uva! Solo el fruto y la gravedad hacen este trabajo, que puede ir de unos días a semanas. En el sabor, este proceso hace que tengamos vinos muy sutiles, elegantes, con poco tanino pero aun así, con muchos sabores y presencia en boca. Una locura.
Otro método que utilizan es el del trenzado (o tressage, si queremos oírnos muy franceses), una técnica que consiste en entrelazar las ramas de las vides que crecen hacia arriba, en lugar de cortarlas. Puede parecer un detalle pequeño, pero detrás de esa decisión hay toda una forma de entender el trabajo en el viñedo. En lugar de mantener la planta completamente bajo control, dejan que continúe creciendo y aprovechan su propia vegetación para crear una especie de protección natural del sol sobre los racimos, algo especialmente importante durante los meses más cálidos. Además, con ello, buscan mantener un equilibrio que favorezca la maduración de las uvas y la conservación de su acidez. Algo padrísimo es que no todas sus parcelas utilizan este método, solo aquellas que por su variedad de uva o por la edad de las mismas, lo requieren, como es el caso de “Stella” otra de las etiquetas famosas del domaine.
Por último, quiero platicarles de “Pleine Lune”, una etiqueta que nos tenía bastante nerviosos porque queríamos que llegara a México lo más parecida posible a como Ana y Noah la probaron durante su viaje a Francia, pero había un pequeño problema: el calor.
Europa estaba atravesando una ola de calor bastante intensa y, tratándose de un vino tan natural, nos preocupaba muchísimo cómo iba a sobrevivir el viaje. No queríamos que todo el cuidado que hay detrás de esta botella se perdiera en el camino y que, cuando finalmente llegara a nuestras manos, no encontráramos ese mismo vino que los había enamorado. Así que cruzamos los dedos, esperamos y, en cuanto llegó, hicimos lo que teníamos que hacer: abrir una botella y comprobarlo por nosotros mismos. Y la respuesta fue que efectivamente llegó tal cual como lo recordaban y ufff fue maravilloso.
Esta botella tiene un proceso bellísimo que consiste en hacer el “batido de lías” o bâtonnage, únicamente durante las noches de luna llena, ya que para los productores de vinos biodinámicos, los ciclos de la tierra, así como los de la luna, afectan el sabor del vino que hacen. ¿Qué nos ofrece? Un vino muy ligero, con un porcentaje de alcohol bastante bajo, una mineralidad preciosa y una experiencia que, para mí, raya en lo mágico. Si lo comparara con un álbum musical, diría que es Bella Donna de Stevie Nicks.
Y ahora, ya sé que inicié este artículo diciendo que los métodos de elaboración me confunden y que me hacen sobrepensar los vinos que pruebo, pero es que, a pesar de que Domaine Labastidum tiene estos procesos tan particulares, hay algo en ellos que solamente se disfruta. Son de esos vinos que no buscan demostrar nada, solo son y te sorprenden por eso. En cada sorbo del vino puedo entender más y más la manera en la que Jérémy y Marina viven el vino. Basta con meterte a su Instagram para ver cómo comparten sus botellas con amigos y familia, rodeados de naturaleza, y predicando con el ejemplo que el vino no solamente es una bebida, sino que es una forma de mantenernos cerca de nuestras raíces, de compartir con quienes queremos y de entender que, al final, hay algo que nos conecta a todos: la tierra de la que venimos y las personas con las que decidimos compartirla.
Así que te invito a probar algún vino de esta bodega y por favor no dudes en contarme tu experiencia. Me va a encantar poder saber qué te pareció Domaine Labastidum y qué pensaste de sus vinos.
¡Nos vemos en la próxima!
- José